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La negra y la rosa

A Pedro Henríquez Ureña

 

La negra va dormida, con una rosa blanca en la mano. -La rosa y el sueño apartan, en una superposición mágica, todo el triste atavío de la muchacha: las medias rosas caladas,  la blusa verde y transparente, el sombrero de paja de oro con amapolas moradas.- Indefensa con el sueño, se sonríe, la rosa blanca en la mano negra.

¡Cómo la lleva! Parece que va soñando con llevarla bien. Inconsciente, la cuida -con la seguridad de una sonámbula- y es su delicadeza como si esta mañana la hubiera dado ella a luz, como si ella se sintiera, en sueños, madre del alma de una rosa blanca. - A veces se le rinde sobre el pecho, o sobre un hombro, la pobre cabeza de humo rizado,  que irisa el sol cual si fuese de oro, pero la mano en que tiene la rosa mantiene su honor, abanderada de la primavera.-

Una realidad invisible anda por todo el subterráneo, cuyo estrepitoso negror rechinante, sucio y cálido,  apenas se siente. Todos han dejado sus periódicos, sus gomas y sus gritos; están absortos, como en una pesadilla de cansancio y de tristeza, en esta rosa blanca que la negra exalta y que es como la conciencia del subterráneo. Y la rosa emana,  en el silencio atento, una delicada esencia y eleva como una bella presencia inmaterial que se va adueñando de todo, hasta que el hierro, el carbón, los periódicos, todo, huele un poco a rosa blanca, a primavera mejor, a eternidad...

 

Juan Ramón Jiménez

 

La casada infiel

A Lydia Cabrera y a su negrita

Y que yo me la llevé al río

creyendo que era mozuela,

pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago

y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas

toqué sus pechos dormidos,

y se me abrieron de pronto

como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua me

sonaba en el oído,

como una pieza de seda

rasgada por diez cuchillos

Sin luz de plata en sus copas

los árboles han crecido,

y un horizonte de perros

ladra muy lejos del río.

Pasadas las zarzamoras,

los juncos y los espinos,

bajo su mata de pelo

hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quité la corbata.

Ella se quitó el vestido.

Yo el cinturón con revólver

Ella sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas

tienen el cutis tan fino,

ni los cristales con luna

relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapaban

como peces sorprendidos,

la mitad llenos de lumbre,

la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí

el mejor de los caminos,

montado en potra de nácar

sin bridas y sin estribos. =>

 

 

No quiero decir, por hombre,

las cosas que ella me dijo.

La luz del entendimiento

me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena,

yo me la lleve del río.

Con el aire se batían las

espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.

Como un gitano legítimo.

La regalé un costurero

grande de raso pajizo,

y no quise enamorarme

porque teniendo marido

me dijo que era mozuela

cuando la llevaba al río.

 

Federico García Lorca

XII

Porque son, niña, tus ojos

verdes como el mar te quejas;

verdes los tienen las náyades,

verdes los tuvo Minerva,

y verdes son las pupilas

de las hurís del Profeta.

El verde es gala y ornato

del bosque en la primavera.

Entre sus siete coloresbrillante el Iris lo ostenta.

Las esmeraldas son verdes,

verde el color del que espera

y las ondas del Océano

y el laurel de los poetas.

Es tu mejilla temprana

rosa de escarcha cubierta,

en que el carmín de los pétalos

se ve al través de las perlas.

Y sin embargo,

sé que te quejas,

porque tus ojos

crees que la afean:

pues no lo creas.

Que parecen sus pupilas,

húmedas, verdes e inquietas,

tempranas hojas de almendro

que al soplo del aire tiemblan.

                                              =>

 

Es tu boca de rubíes

purpúrea granada abierta

que en el estío convida

a apagar la sed con ella.

Y sin embargo,

sé que te quejas,

porque tus ojos

crees que la afean:

pues no lo creas.

Que parecen, si enojada

tus pupilas centellean,

las olas del mar que rompen

en las cantábricas peñas.

Es tu frente que corona

crespo el oro en ancha trenza,

nevada cumbre en que el día

su postrera luz refleja.

Y sin embargo,

sé que te quejas,

porque tus ojos

crees que la afean:

pues no lo creas.

Que, entre las rubias pestañas,

junto a las sienes, semejan

broches de esmeralda y oro

que un blanco armiño sujetan.

Porque son, niña, tus ojos

verdes como el mar te quejas;

quizás si negros o azules

se tornasen lo sintieras.

 

Gustavo Adolfo Bécquer

 

 

NOCTURNO III

 

Una noche

una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,

    Una noche

en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,

a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,

      muda y pálida

como si un presentimiento de amarguras infinitas,

hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,

por la senda que atraviesa la llanura florecida

     caminabas,

     y la luna llena

por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,

     y tu sombra

fina y lánguida

     y mi sombra

por los rayos de la luna proyectada

sobre las arenas tristes

de la senda se juntaban.

     Y eran una

     y eran una

¡y eran una sola sombra larga!

¡y eran una sola sombra larga!

¡y eran una sola sombra larga!

Esta noche

    solo, el alma

llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,

separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,     =>

 

    

 

   

     por el infinito negro,

     donde nuestra voz no alcanza,

     solo y mudo

     por la senda caminaba,

y se oían los ladridos de los perros a la luna,

     a la luna pálida

     y el chillido

     de las ranas,

sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba

tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,

     ¡entre las blancuras níveas

     de las mortüorias sábanas!

Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,

     Era el frío de la nada...

 

     Y mi sombra

     por los rayos de la luna proyectada,

     iba sola,

     iba sola

     ¡iba sola por la estepa solitaria!

     Y tu sombra esbelta y ágil

     fina y lánguida,

como en esa noche tibia de la muerta primavera,

como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,

     se acercó y marchó con ella,

     se acercó y marchó con ella,

se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!

¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...

 

José Asunción Silva

 

 

 
     
     
     

 

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